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Si bien la pandemia no ha terminado y el COVID sigue acechándonos en la mayoría de nuestras actividades diarias, el nivel de vacunación en el país y la ya arraigada costumbre en el uso de mascarillas hacen posible pensar en un año académico 2022 “normal”. Pero ¿qué entendemos ahora por normal? ¿Cómo habrá cambiado nuestra forma de hacer docencia?

Lo primero que pienso con un inicio de año “normal” es en los campus llenos de alumnos encontrándose en los patios, mechones y no mechones conociendo por primera vez la Universidad y sus compañeros, y de solo pensarlo me pongo contenta. Eso es algo que hasta ahora no hay como suplir con tecnologías de la información, el ruido ambiente, el olor, las sensaciones en general, que va mucho más allá de la experiencia académica pero que es parte crucial la esencia de nuestra Universidad.

Pero ahora viene la parte interesante, ¿Cómo será la docencia presencial post COVID? Los números de conexiones zoom (clases sincrónicas) y los logros en los resultados de aprendizaje nos dicen que el trabajo esencial se hizo. Lo que recién estamos comenzando a ver y por lo tanto no hemos medido aún, es el cambio en el modelo pedagógico, cómo construímos desde la práctica y adaptación diaria una nueva forma de enseñanza-aprendizaje. Porque seamos honestos, la docencia presencial no había tenido muchos cambios en las últimas décadas y durante estos últimos dos años, todos los profesores y profesoras tuvieron que repensar su forma de enseñar para adaptarse a un contexto remoto, en una reflexión que no puede circunscribirse solo al ambiente online, sino que abarca toda la práctica docente.

Uno de los cambios interesantes es la resignificación de los espacios de encuentro sincrónicos, especialmente los presenciales. ¿Tiene sentido juntarse a tener una clase meramente expositiva sin interacción entre los estudiantes y con el profesor? Esas clases eran comunes antes de la pandemia, pero ahora nos damos cuenta de que no tiene sentido juntar a todo un curso con su profesor al mismo tiempo si no habrá interacción, básicamente, esa clase pudo ser un video, que por cierto tiene más ventajas que solo la asincronía, el estudiante también puede verlo todas las veces que quiera y a la velocidad que quiera, centrando el aprendizaje en las necesidades del estudiante y no del profesor.

Así, un modelo de clase invertida que era, en la mayoría de los casos, una utopía pedagógica, ahora tiene sentido. Los estudiantes ganaron autonomía y se acostumbraron a preparar los contenidos de forma independiente. Por otra parte, los entornos virtuales de aprendizaje nos permiten diseñar secuencias de aprendizaje en que las sesiones presenciales están hiladas con tareas o asignaciones previas que pueden ser desarrolladas en plataforma, con plazos mucho más manejables e incorporando trabajo colaborativo y evaluaciones automáticas que en un entorno presencial no era factible.

Quiero pensar que este periodo, así como provocó un cambio en la docencia a través de una reflexión profunda de su práctica por parte de nuestros académicos y académicas, generó también un cambió en nuestros estudiantes, donde esa actitud pasiva de ir a la sala a esperar que el profesor me enseñe ya no tiene cabida, porque cada uno tiene todas las herramientas para hacerse cargo de su propio aprendizaje, siendo el profesor un facilitador en el proceso. Este cambio de paradigma desarrolla en nuestras y nuestros estudiantes la capacidad de actuar con autonomía a partir de los procesos de indagación, análisis y reflexión propios de su formación y permite el aprendizaje permanente con una actitud abierta para incorporar nuevas perspectivas sobre el conocimiento.

Cecilia Saint-Pierre
Directora Oficina de Educación Online

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